31 ago. 2009

Juana, el Zorro, Pánfilo y el hambre

Ella era la menor de las dos hijas de la vecina del al lado y era el año —irónicamente— 1984, en las Delicias del Diezmero, zona de la capital que nunca tuvo sus “tiempos mejores” después del 59. Aquí no llegaban botellitas de refresco ni africanas. El papel sanitario brillaba por su ausencia; sólo tuvimos calles asfaltadas un año después del suceso y éramos aún “larga distancia”.

Teníamos mucha MTT y mucho comité, mucho mercado negro y más de un chivato en la cuadra. Juana, que así llamaremos a nuestro personaje, después de una noche de ron precisamente en mi casa, levantó a todo el barrio al grito de “¡Haaaaaaaambreeeeeeeee, lo que tengo es haaaaaaaaaambreeeee!”, mientras cabalgaba sobre una escoba con la cabeza cubierta con un cubo de aluminio que probablemente vino convoyado con un juego de cucharitas del mismo material y a través de algún cupón de la libreta de productos industriales.

Nueve años más tarde, era el verano terrible de nuestro agotamiento, aquel que precedió al verano terrible de nuestra furia; con apagones de doce horas y bicicletas chinas. En el Diezmero, otra vez, sale otro contestatario: el Zorro. El Zorro estaba motorizado y se encargaba cada noche de apagón de “subir el catao” en la subestación eléctrica, tan pronto como el jefe de sector (lúgubre ejecutor del crimen de lesa electricidad) se fuera. Pasaba el Zorro en su motocicleta de mala fabricación soviética y muchos remiendos cubanos, y teníamos electricidad al menos hasta que el jefe regresara y la volviese a quitar. Al Zorro también se le atribuyen el firmar con una Z sobre un círculo a modo de carta de presentación y el también romper en más de una ocasión los cristales de la oficina de la empresa eléctrica.

Hablo de estos dos personajes como precedentes de otro más reciente: Pánfilo. No tengo mucho que agregar a la historia conocida de este negrito cubano cuyo grito de “¡Jama, asere, lo que falta es jaaaaaaaamaaaaaaa!” ha recorrido el mundo entero, gracias a la tecnología, el alcohol y su personal idiosincrasia. Los resultados del hecho no pudieron ser más predecibles: el régimen de La Habana ha mandado a Pánfilo a la cárcel por “peligrosidad”.

Estos tres ejemplos de cubanos a quienes, al menos momentáneamente, la desesperación les hace perder el miedo se unen a muchísimos otros que han hecho y hacen mucho para que el mundo sepa de cómo realmente les hace sentir vivir bajo la férrea dictadura de los hermanos Castro: los del Maleconazo, los opositores pacíficos —muchos de los cuales son o han sido prisioneros de conciencia— tanto los líderes como los menos conocidos y muchos de nosotros en el exilio que no nos callamos ni nos callaremos por conveniencia o prebendas. Por todos ellos, por nosotros mismos, por mi hermano mayor y muchos de mis amigos que han conocido de cerca Cien y Aldabó, Villa Marista y/o cualquiera de los cientos de cárceles castristas, y también por los cubanos que no se atreven a hablar y por aquellos que sí lo hacen, y por los exiliados que siguen de pie y hasta por los que callan para poder regresar al “paraíso socialista”; por todo el pueblo cubano, pedimos jama y libertad.

Ernesto Ariel Suárez

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